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CÉSAR MANRIQUE, LA ARQUITECTURA DEL FUEGO

Publicado por A. D. Pallarés Lasso en Diciembre 4, 2006

La necesidad “clásica”, por así decirlo, de ir más allá de la utilidad y capturar la belleza la hallamos expresada, en el terreno de la arquitectura, en el tratado más antiguo y el único clásico que ha llegado hasta nuestros días sobre la materia “De Architectura”, de Vitruvio, siglo I a. d. C. En él se dice que la arquitectura –sobre todo la referida a determinados edificios- descansa en tres principios: la Belleza (Venustas), la Firmeza (Firmitas) y la Utilidad (Utilitas). De forma que la arquitectura sería un equilibrio entre estos tres elementos sin abusar de ninguno de ellos.
En el mismo tratado Vitrubio propone a su vez entender la arquitectura como compuesta de cuatro elementos: orden, disposición, proporción y distribución. La distribución, en griego oikonomia, consiste “en el debido y mejor uso posible de materiales y de los terrenos, y en procurar el menor coste de la obra conseguido de un modo racional y ponderado”.
En cuanto a la proporción de la que nos habla Vitrubio está basada en considerar las relaciones entre la parte y el todo. Y es en este concepto de proporción donde podemos hallar una relación de la moderna ecología con la arquitectura.
Si bien el término “Ecología” no tiene un claro referente en la antigüedad (la humanidad no se imaginaba todavía fuera de la Naturaleza, quizás todo era ecología) ya en la obra de Vitrubio se ven conceptos de disponibilidad, de autoconstrucción, de rechazo de la riqueza pecuniaria, y de adaptación al lugar, al Sol, al viento o a la luz.

No es objetivo de este artículo ahondar en la evolución de la arquitectura desde la antigüedad hasta nuestros días sino recoger el sentimiento que se está generando hacia una arquitectura ecológicamente consciente que nace del rechazo al actual panorama al que nos ha llevado la concepción arquitectónica de los últimos tiempos, sirviéndonos para ello de la figura de un Quijote de la arquitectura ecológica: César Manrique.

“Creemos que cualquier gobierno tiene la obligación de cuidar el espacio que nos sirve para el desarrollo de nuestras vidas, de la educación y cultura, siempre estamos oyendo disculpas, inconvenientes, aprobaciones anteriores, leyes caducas y un sinfín de aparentes tropiezos que parecen imposibles de corregir, con tal de no parar esa barbaridad que se nos echa encima.
Todo se puede corregir, depende del entusiasmo, de tener una verdad en las manos y una valiente y honrada decisión”.

Y es que actualmente nos encontramos con que la edificación es responsable en los países desarrollados de la extracción del 50% de los minerales y del consumo de un 30% de la energía primaria utilizada en climatización e iluminación, sin contabilizar la energía gastada en la fabricación de materiales y sistemas y en transporte de los mismos. La edificación también es la causante del 50% de la contaminación ambiental.

“¿Cuándo será consciente el hombre de su torpeza suicida, rentable pero mortal?”

Como rechazo a lo anterior se ha buscado una nueva vía en la edificación contemporánea, la de la ARQUITECTURA ECOLÓGICA, consistente en utilizar las condiciones del entorno natural, aprovechar las energías no contaminantes y minimizar los consumos. Vuelve a considerarse la idea de que la Arquitectura debe estar en armonía con el hombre, con el medio en el que se encuentra, ser sencilla, hermosa y práctica. Y si hay una persona pionera y representativa de este concepto es el artista canario César Manrique.
“En Lanzarote hemos trabajado a un nivel de entrega absoluta, en contacto íntimo con su geología, entendiendo su trama, su organismo vulcanológico, logrando el milagro del nacimiento de un nuevo concepto estético, ampliando las fronteras del arte, integrándolo en todas sus facetas en una simbiosis totalizadora que se define como VIDA-HOMBRE-ARTE”.

BIOGRAFÍA

Nació en Arrecife (Lanzarote) en 1.919. En el año 1.934, su padre construyó una casa junto al mar, en Caleta de Famara, un pequeño pueblo de pescadores en la isla de Lanzarote. Esta casa, y su entorno, marcó mucho su vida. Él mismo decía: “la alegría más grande que tengo es la de recordar una infancia feliz, veraneos de cinco meses en La Caleta y en la playa de Famara, con sus ocho kilómetros de arena fina y limpia, enmarcada por unos riscos de más de 400 metros de altura, que se reflejan en una playa como un espejo. Esa imagen la tengo grabada en mi alma como algo de una belleza extraordinaria que no podré borrar en mi vida”.

Bebió de los colores de aquel microcosmos contenido entre el cielo, el mar y los Riscos de Famara, curioseó entre la flora y la fauna y quedó marcado por las texturas de la tierra. Según sus propias palabras: “Aquellos felices veranos de mi infancia motivaros más tarde mi labor de defensa de la Naturaleza”.

Ya cuando estudiaba en la Universidad de La Laguna, tenía discusiones con los estudiantes pues consideraban a Lanzarote “como una isla llena de plantas espinosas y boñigas de cabra”.Decía entonces Manrique: “Para mí era el lugar más bello de la Tierra y me di cuenta de que si ellos fueran capaces de ver la isla a través de mis ojos, entonces pensarían igual que yo. Desde entonces me propuse mostrar la belleza de Lanzarote al mundo”.

En otoño de 1.964, marchó a Nueva York, desde allí, escribía a su amigo Pepe Dámaso (artista canario): “…más que nunca siento verdadera nostalgia por lo verdadero de las cosas. Por la pureza de las gentes. Por la desnudez de mi paisaje y por mis amigos. Mi última conclusión es que el HOMBRE en Nueva York es como una rata. El hombre no fue creado para esta artificialidad. Hay un imperiosa necesidad de volver a la tierra. Palparla, olerla… Esto es lo que siento”.

Comenzó a sentir nostalgia de Lanzarote.

Manrique vuelve a Lanzarote no únicamente porque sentía que la isla lo necesitaba a él: vuelve porque él también necesitaba a la isla y la necesitaba de una manera vital y perentoria.

Al regresar de Estados Unidos en 1.964, empezó su campaña de sensibilizar a la gente de la isla de Lanzarote para respetar el estilo Tradicional Arquitectónico. Iba explicando a sus paisanos que no debían derribar las casas, debían conservarlas restaurándolas. Igualmente convenció al Gobierno de la isla para que erradicaran el uso de vallas publicitarias del paisaje y de las carreteras.

Manrique también decía: “Cuando regresé de Nueva York, vine con la intención de convertir mi isla natal en uno de los lugares más hermosos del planeta, dadas las infinitas posibilidades que Lanzarote ofrecía”.

César Manrique emprendió el trabajo con su amigo de la infancia, el político Pepín Ramírez. Quiere que la gente en su totalidad pueda llegar a conocer esa joven isla cuya belleza está aún parcialmente intacta. Quiere poner a salvo su isla y presentarla en el mejor estado posible. Es su oficio: en sus manos está la puesta en escena, un teatro con modelos constructivos, colores, esculturas, máscaras …

Manrique percibe la ocasión difícilmente repetible: un amigo íntimo tiene el poder político y reconoce esta oportunidad tan sumamente ventajosa.

Y esta es la realidad actual: Es imposible imaginarse a Lanzarote tal y como es hoy sin César Manrique. Era pintor, escultor, arquitecto, ecologista, conservador de monumentos, consejero de construcción, planeador de complejos urbanísticos, configurador de paisajes y jardines

Falleció a los 73 años en un trágico accidente de tráfico, en 1.992, en Lanzarote. Las paradojas del destino determinaron que encontrara la muerte en un accidente automovilístico, cuando él detestaba la masificación de vehículos.

OBRA DE CÉSAR MANRIQUE

En las obras de César trasluce la sensibilidad característica de aquel que actúa de corazón. Habiendo observado profundamente su tierra, hizo que a través de su respeto naciera el conocimiento para edificar sus obras poniendo a toda la Naturaleza por protagonista, por lo cual se ha dicho que sus obras son “Arquitectura musical”. Una especie de polifonía donde cada parte en que están divididas sus obras arquitectónicas tiene su esencia.

Se vale del estado natural de las formas y las tocó de tal manera que no dañase sus propias características, sino más bien que se embellecieran y se desarrollasen en un bien común.
Este sentido de sublimación del paisaje demuestra la integridad del artista.

De este modo, entrar en una de las casas diseñadas bajo esta perspectiva, es entrar en un edificio que parece haber salido de la tierra, no añadido a ella.
Entrar en un edificio con el sonido de un arroyo, sentir el contacto con la piedra volcánica, oler las flores y plantas que trepan por patios y tragaluces. Los grandes ventanales nos dejan ver el cielo y el jardín endémico contiguo… Esto nos ayuda a no olvidar dónde estamos, pues a veces, entre cuatro muros no reflexionamos ni sentimos qué o quienes somos sobre la Tierra. Poco a poco se siente que nos integramos en la Madre Tierra o como decía César, “el buscar las realidades en el Arte”.

Edificios forrados con piedra del lugar en el que se encuentran, pasan casi inapreciables a la vista y no rompen la armonía del lugar. Manrique creía que el exterior no debía reñir con el entorno.
En una misma construcción, múltiples espacios aislados, en los que la persona se queda a medida que avanza, en diferentes “burbujas” que le llevan a sentir distintas experiencias en pocos metros de distancia.

En las obras arquitectónicas de Manrique casi no se siente la mano del hombre; la gente se siente en un espacio natural; no se distingue el final del entorno y el comienzo del artista.

A continuación ofrecemos un ejemplo de la obra de César Manrique.

Jameos del Agua. Es uno de los más bellos ejemplos del binomio entre arte y naturaleza con que César imbuyó el espíritu lanzaroteño.

Mirador del Río.César Manrique diseñó el Mirador del Río en 1.973, siendo considerado en la época como una de las creaciones arquitectónicas de mayor valor e interés. La empresa no fue sencilla. Aunque aparentemente el edificio está excavado en la roca, lo cierto es que está cubierto por ella, en una maniobra de ocultamiento e integración con el medio, de magníficos resultados en la línea de la filosofía manriqueña.

Jardín de Cactus. La intención de esta obra, además de didáctica, es también estética y recreativa, al igual que el resto de las obras de Manrique. De planta semicircular, revistió las paredes de piedra, creando una especie de anfiteatro en cuyas gradas pueden admirarse ejemplares de cactus, perfectamente reconocidos por pequeños carteles. Completa el conjunto un molino antiguo restaurado y encalado, que muestra en su interior la elaboración del gofio (cereal típico canario).
Casa de César Manrique (actual sede de la “Fundación César Manrique”). Ésta quizás sea la obra que mejor representa los ideales personales y artísticos de Manrique.
La que fuera su vivienda es hoy sede de la fundación que lleva su nombre.

En palabras de quienes le conocieron, César Manrique hizo más que cualquier otro por su tierra natal, tanto con propio esfuerzo, como ayudando con su incansable entusiasmo y amor a su isla a abrir los ojos a aquellos que lo rodeaban. No sólo fue artista con sus manos, creando obras de extraordinaria belleza que no dejan impasible a quien la observa, también era un artista con sus palabras pues cuando hablaba de arte, de su tierra y de su gente ponía el corazón en cada frase despertando la conciencia de quien le escuchaba o leía su obra.

“Quiero dejar patente mi manera de sentir y caminar por la vida, por creer que pudiera servir a todos los que se encuentran dentro de un concepto libre, constructivo y sano de la existencia y defender a toda costa a este fascinante planeta en donde nos ha tocado vivir, por si les puede servir de enseñanza las obras realizadas por mí, respetando profundamente cada latitud de la tierra, con sus propios materiales, con sus tradiciones, y agregando lo más sabio del progreso, sin romper la armonía del ambiente, y aplicar toda la sensibilidad y talento en todo lo que el arte puede intervenir, en todo lo que el arte puede soñar”

…”EN EL FONDO DE LA CUESTIÓN TODO SE PUEDE MOVER A TRAVÉS DE UNA GRAN PASIÓN, DE UN GRAN AMOR Y DE UNA ENTREGA TOTAL”.

   Artículo publicado por NUEVA CACRÓPOLIS LAS PALMAS

Una respuesta para “CÉSAR MANRIQUE, LA ARQUITECTURA DEL FUEGO”

  1. C.C. escribió

    Pobre Manrique, si pudieras ver tus islas te volverías a morir…

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